La linterna de Viracocha

403a2b14790311.56288f4a15ef0
El regreso del dios, de Miguel Almeida (https://www.behance.net/M-Almeida)

“Los llamaron varones del sol poderosos, divinos, viracochas; […] mostrando en esta expresión instintiva del conocimiento y de la lengua indígena, su filiación y su afinidad con el sánscrito y el kammítico. Al llamarlos pues Héroes, les dieron el nombre que en los mitos correspondía a los héroes […]”.

La cita de arriba corresponde a un fragmento de los “Estudios filológicos y etnológicos sobre los pueblos y los idiomas que ocupaban el Perú al tiempo de la conquista” realizados por Vicente Fidel López (un librepensador y político argentino) y publicados en la Revista de Buenos Aires en 1865. Especificando un poco más, pertenece al estudio IV, en el que desarrolla una reflexión en torno a la etimología de la palabra “viracochea”, de origen quechua, y su supuesta connotación positiva hacia los invasores españoles en América. Se trata de un estudio que, según López, logra iluminar y desentrañar la “oscuridad” del origen de los pueblos originarios precolombinos.

Sin embargo, podría decirse que de tanto buscar luz termina encandilando algunas cuestiones centrales: ¿por qué tomar sí o sí “por punto de partida el estudio de la antigüedad asiática y europea” para el estudio de la lengua de los pueblos originarios latinoamericanos? ¿Por qué en las lenguas nómadas el “instinto” se manifiesta en el reconocimiento de la superioridad de los españoles –que serían los “varones del sol”– pero a la vez existe en ellas un “sentido moral” intrínseco a su sintaxis y morfología cuya organización y disposición formal, según el mismo López, no tiene nada de espontánea ni de casual? (“En el sinnúmero de palabras Keschúas que hemos estudiado hemos visto ya la perfecta analogía de raíces, de cohesión entre estas raíces, y de sentido moral, que todas ellas tienen con la escritura jeroglífica e ideográfica de los Egipcios”). Si no hay dudas con respecto a la igualdad ideológica que subyace a las lenguas y su encastre es perfecto, ¿para qué, entonces, estudiarlas, transcribirlas y exponer los resultados? Leer más “La linterna de Viracocha”

hay hormigas

en la arista de la pared del baño vi a una hormiga cargando un cadáver mellizo. me pregunté si sería por un tema de obligación o de vagancia moral. me pregunté si no sería imaginación mía y si debería ir a buscar el celular para sacar una foto. como sea, le pregunté: “¿estás bien?”

y nada. pero supongo que si la hormiga hacía ese esfuerzo extra que casi la quiebra en eles minúsculas negras, y que excedía y hacía tambalear un poco sus configuraciones de hormiga negra, es porque una verdad imparcial que sorteaba las leyes de la genética y la física la guiaba hacia un concepto de lo necesario que yo al menos no manejo, pero que para ella sería un dios útil

y bastante directo. el tema es que nosotros no disponemos de plataforma para dirigirnos, literalmente –y no sólo en acciones simbólicas o en palabras–, hacia un punto x con nuestros restos. por eso antes de la libre carencia tenemos una especie de prólogo al que llamamos vida humana, que es el argumento autodefensivo del ser que no sabe cargar su resto, ni sabe dónde están sus bolsitas ni su vuelto. hasta podríamos decir: en vida nos apropiamos de la cadena de producción de gadgets destinados a la sensación del resto pero por esa apropiación cargamos con el misterio insondable de la materia prima /

si cupiéramos en una arista podríamos caminar mucho, mucho más para exponer aporías similares a las siguientes: 1- hay gente muy buena que hizo cosas terribles y gente terrible que jamás levantó un dedo; 2- hay hormigas que cargan un cadáver mellizo que les pesa, o hay hormigas que son como gente y hormigas que son como hormigas; 3- el hombre no es hombre porque expresa ni deja de ser hombre cuando calla, pero no hay hormigas terribles que bajen los dedos o los levanten /

cromátida {ejercicio*}

una sinusoide llamó desde lo alto

y la señal se partió en dos

cuando levanté la vista no había nada

excepto la lluvia, la miseria bíblica

me encontré sin ninguna disposición

de rezo, con los brazos partidos, adentro

de mi propia tumba, ignorando si esta vez

me comportaría. mírenme ahora:

no sé bien dónde está mi cuerpo

no soy un juguete para alguien con vida

 

es cierto que atravieso una estasis biológica

las cicatrices en mi mente se replican

tengo tanto miedo y sin embargo

no me muevo; después llego a enojarme:

¿se reduce todo a la virtualidad?

creo que pude haberme dejado atrás

si antes había silencio, ahora

es el microchip el que me guía

cuando la luz violeta mancha la atmósfera

soy un humano que sangra en lo invisible

 

 

 

*otro ejercicio cuarentenezco: elegí algunas líneas de canciones (en este caso, del último cd de Lady Gaga, Chromatica), las traduje, las mezclé y traté de armar un poema más o menos coherente con ellas. quizás repita con otro disco, fue divertido.

Caballos cuando son naturales

Tenía un caballo en el patio, al fondo. De lejos se lo veía medio cuadrado, pero a veces eso pasa con las cosas cuando uno se las topa contadas veces sin premeditación. Este caballo tenía una manta tejida de colores y un hijo silencioso y confuso, hasta que llegó el día –veteado de precocidades zodiacales– en el que se quedó solo con su manta.

Mi familia no quiso que yo viera el acto pero estaba claro que era algo imposible de no ver. Igual más que verlo lo escuché, así como cualquiera podría creer que a lo lejos se escucha un proceso de curtido sin ningún tipo de células reales involucrada, o el múltiple mascado sin objetivos ni consecuencias de un cuerpo que jamás pudo sentir nada en particular. ¿Qué debería haber hecho yo? Recién cuando intenté responder esa pregunta llegué a entender lo que es ser natural como los dientes de un caballo.

Durante el desayuno me convencí de que yo no podría ser el caballo porque no tengo hijos ni dientes. ¿Los tuve alguna vez, acaso? Eso no se los puedo decir. Ahora no. Pero por ahí en sueños, si les hablo, tengo todavía a mi hijo, a mi manta y a mis dientes y soy consciente de la trascendencia de mi propio masticar. Ahí me detengo. No voy a ser natural porque voy a tener muchos objetivos adjudicados a parabólicas consecuencias. En el fondo de mi mente hay un sonido, y algo que suena –¿será ese mismo sonido o algún otro?– se guarda con un click.